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El arte de viajar sin prisas


Este artículo supone una reflexión sobre qué es el cicloturismo y sus repercusiones sobre el medio y la persona.

Entendemos por cicloturismo la actividad consistente en realizar un recorrido de dos o más días llevando consigo todo lo necesario para comer y pasar la noche y que transcurra normalmente por zonas rurales y/o de interés paisajístico.

Una de las primeras dificultades con las que nos encontramos al abordar este tema es el hecho de que estamos habituados a una visión excesivamente competitiva y plusmarquista de la bicicleta. Si eres lo suficientemente osado/a como para ponerte sobre un sillín debes, como mínimo, estarte preparando para el record de la hora, o si no haber pedaleado junto a Indurain en el Tour. Este excesivo hincapié sobre lo deportivo hace que la mayoría de la gente no conciba que la bicicleta pueda ser un medio de transporte, un instrumento de ocio ni muchísimo menos una forma de viajar. Y sin embargo el cicloturismo no requiere una preparación especial: se trata de una actividad abierta a cualquier persona de cualquier edad y que tampoco requiere máquinas de ultraaleación, ni costosísimos equipos, ni ir disfrazado de colorines. Los recorridos y la distancia se diseñan en función de las posibilidades de cada cual, y no de hipotéticas marcas a batir.

Existe aún el prejuicio arraigado de que quien utiliza la bicicleta es porque no tiene dinero para un coche. En el llamado Tercer Mundo no tienen ese problema y, por lo que respecta a Occidente, si pensamos en cuáles son los países en los que ciclismo y cicloturismo llevan años experimentando un mayor auge nos daremos cuenta de que son, curiosamente, los de mayor nivel económico: Alemania, Dinamarca, Holanda...

Salvo casos de frío, lluvia o calor extremo no existe mejor medio de adentrarse en un paisaje o de llegar a un pueblo. Con la bicicleta no te sientes intruso en ninguna parte porque has llegado allí por tus propios medios, has vivido el viaje. Al no ser extraño adonde se va, es infinitamente más fácil entablar contacto con la gente del lugar, te vuelves accesible porque estás en el sitio.

El coche es como una máquina maravillosa que te teleporta automáticamente de un lugar a otro y para el que no existen distancias,cierto, pero para él tampoco existe el viaje, que queda reducido a un conjunto de rectas, curvas, aceleraciones y desaceleraciones; el paisaje es esa mancha borrosa a los lados de la carretera, o el perro que se cruza en tu camino y atropellas a cien por hora.

El cicloturista percibe el entorno con mucha más nitidez. A menor velocidad y en contacto con el exterior todo son sensaciones: el paisaje tiene textura, olor y sabor, y cada ruta es inolvidable. El viajero de la bici es más consciente de su cuerpo y percibe tanto sus límites como sus posibilidades. Dicen que la bicicleta cansa, pero después viene el reposo, mil veces satisfactorio, y el trago de agua que sabe a gloria. El cicloturismo es, además, antiestress y antiagresivo.

El paisaje también es la gente: como no vas encerrado en una caja sino fuera del vehículo, eso facilita el contacto, y puedes saludar o charlar con cualquiera sin siquiera apearte.

El cicloturismo es totalmente inocuo para el medio: ni perturba con ruido ni emite dióxido de carbono, lo cual en esta época de caos climático es altamente aconsejable. Y, por supuesto, el no tener que echar gasolina es un factor añadido que el bolsillo agradece infinitamente.

Por último, no deja de ser curioso que el cicloturismo sea un fenómeno eminentemente urbano, es decir, que lo practiquen justo quienes viven donde no hay espacios naturales y donde hay sobreabundancia de coches. Y aquí, donde tenemos lo primero y hay menos de lo segundo, ¿cómo no aprovechamos este tesoro?