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MUERTE SOBRE RUEDAS
En marzo de este año, 190 personas perdieron la vida en los atentados
de Madrid. Dicho suceso acaparó el interés mundial y supuso
para nuestro país una conmoción de proporciones antes nunca
vistas. Sin embargo, y sólo en las dos semanas siguientes, otras
tantas habían muerto en las carreteras, sin que merecieran otra
atención que un sucinto titular en los periódicos.
Esta aparente paradoja muestra a las claras que nuestra sociedad ha asumido
estas víctimas como inevitables, lo que no sucede en cambio con
las causadas por actos terroristas. Incluso dentro de los muertos en accidente
hay distinciones: obtienen mucha más repercusión los siniestros
de autobús y de tren, con ser tan infrecuentes y de menor número
de víctimas, que el silencioso goteo de fallecimientos que ocasiona
el automóvil privado; es infinitamente más peligroso viajar
en coche que en avión, y sin embargo casi nadie asume que puede
morir desde su casa a la esquina de la calle.
Esta curiosa miopía contribuye sin duda a que la cifra de muertos
en España permanezca tercamente anclada en torno a los 6.000. Al
parecer ha disminuido el número de accidentes, pero éstos
cada vez son más graves, lo que demuestra que las eventuales mejoras
en la seguridad de los vehículos quedan neutralizadas por la creciente
osadía de los conductores, lo que conduce a una espiral sin solución.
Los responsables de tráfico no contribuyen precisamente a clarificar
la situación cuando, con sus declaraciones, salen al paso de un
puente o unas vacaciones especialmente luctuosos: enredan con las estadísticas,
y quieren hacer ver que estos de los muertos del asfalto es como el IPC,
que sin motivo aparente unas veces sube y otras baja.
La solución a este trágico problema es sin duda compleja
y se debe abordar desde múltiples campos, pero las autoridades
competentes deberían dar el primer paso poniendo medios para que
se respete la ley –especialmente la limitación de velocidad-
y poniendo fin a la impunidad que, al día de hoy, es moneda común
en nuestras carreteras.
Juan María Hoyas

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