MITCH Y CERRO DE REYES
Aún no se han apagado los ecos del huracán
que ha hecho trizas América Central cuando nos encontramos con
el recuerdo de otro desastre sucedido ahora hace un año: la riada
de Badajoz.
Comparar la magnitud de uno y otro fenómeno podría
resultar ridículo si no fuera porque en esta ocasión nos
tocó de cerca: por primera vez la catástrofe no sucedía
en el Caribe ni en la lejana Filipinas, sino ahí al lado , ante
nuestra puerta, con muertos no lejanos ni filtrados por la pantalla del
televisor, sino muertos de verdad, carne y hueso entre el barro, el dolor,
el caos. Cerro de Reyes es la cerradura por la que se puede intuir, siquiera
mínimamente, lo horrible, lo espantoso de la tragedia que se está
viviendo a estas horas en Honduras, en Nicaragua, en El Salvador.
A partir de ahora, solidarizarse a la hora de las catástrofes
no va a ser suficiente. Porque las catástrofes de excepcionales
se van a convertir en habituales. La pesadilla se materializa día
a día: hemos destapado la caja de los truenos del cambio climático,
y ahora a ver qué hacemos.
¿Que qué hacemos? Como cada año, octubre
ha sido una fiesta de luces y humo en las Vegas del Guadiana. Cientos
de agricultores han contribuido generosamente al calentamiento global
agregando toneladas de CO2 al pegar fuego a sus campos. Hay quien alega
que es necesario e incluso beneficioso pero no es cierto lo uno ni lo
otro porque 1) Hay quien quema y hay quien no. 2) El fuego a la larga
empobrece los campos porque mata los microorganismos beneficiosos.
Si esto es así, ¿por qué la Junta
de Extremadura no prohíbe de una vez la quema de rastrojos?
Estos días se reúnen en Buenos Aires representantes
de los distintos países para debatir la reducción de las
emisiones de gases invernadero. ¿Reducir? Llevan ya cuatro reuniones
para ponerse de acuerdo en disminuirlas un 5 %, cuando según los
expertos haría falta un 30 % para mantener estable el clima.
Mientras tanto, así nos va. Hasta el próximo
Mitch.
Juan María Hoyas
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