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A


Una extraña visión se abría ante sus ojos todas las mañanas. Los veía caminar a su lado, pero él en su mundo no existía. Su existencia era real, él lo sabía bien, pues hubo un día en el que también se paseaba entre ellos, por muy absurda que se le pudiese antojar tamaña situación. Pero ahora la realidad era bien otra, esa que tan solo saborean los locos, los niños y los moribundos. Cual de estas tres situaciones correspondía con su vivir, eso es algo de lo que no se preocupaba desde hacía ya tiempo, tanto, que su propio significado había perdido su contexto racional. Otra vez su mirada indiferente se alzaba desde su cómodo refugio ante las grises figuras que pasaban a su lado, mostrando las más su indiferencia al no verse reconocidos en el suelo con él, mostrándose como aparte, distantes, fríos y seguros de sí. Había algunos que, mirando, sentían pena o compasión, un desasosiego que les impelía a hacer su pequeña obra de caridad para así sentirse mejor al llegar a su refugio seguro de artificios diseñados tan solo para los que poseen el derecho de ser ciudadanos. Todo quedaba resuelto en esa trampa que la conciencia tejía para no poder mirar a otro lado sin haber descargado de alguna manera su buena voluntad en los más necesitados.
Todo daba vueltas y vueltas sin parar. Lo que ahora permanecía como una propiedad fija, segura e inamovible, pronto se tornaba sin aviso previo en lo que sus temporales guardianes no alcanzaban a atisbar. Las formas cambiaban según lo iba pidiendo el imperecedero destino; nada permanecía ya para él. La crueldad que acompañaba a este pensamiento, la dolorosa experiencialidad de la no-posesión, ese saber que no se escribe con pluma, que nos enseña que nada nos pertenece para siempre, iba seguida de una apertura consciente sin parangón hacia la visión y comprensión del mundo y su auténtica realidad. Lo que los otros, los que se hallaban aparte, consideraban trascendental o espiritual, él lo vivenciaba de otra manera; para él no era más que una forma de pensamiento lúcido, y eso, dada su condición, al mismo tiempo entrañaba algo my doloroso. Nadie sabría como explicar su vivir, ya que era tan autentico que nadie podía ya acercársele sin encontrarse, de algún modo, con sus propios temores. Era un extraño entre los pobres y los muertos de hambre, aquellos que se suponía compartían su misma ¿suerte?
Ya hace tiempo que las relaciones que mantenía con su entorno, ya sea de amistad, de posición social o económica, e incluso la forma en la que los que no le conocían se apercibían de lo que era, tomaron la dimensión que siempre correspondió con lo que determinadas farsas sociales son realmente, pero ahora de una manera manifiesta llena de desengaños y frustraciones. Esto dio paso a la autoconcienciación de un ser que halló su centro de gravedad no ya en el yo consciente del ego, sino en algo que comprendía parte de eso que no se puede tocar. Pero eso no era nada que estuviese determinado para los que atravesaban el lance de la pobreza u otra situación extrema análoga a la suya. No, había gente tirada por la calle sufriendo de la terrible pústula del autoengaño en una agonizante neurosis desbocada irremisiblemente, dado el carácter de tan singular mal. ¿Cuál era el secreto de semejante visión, de esta forma de percibir las cosas? Esa era la pregunta que asaltaba una y otra vez su mente. Se puso en pie e intentó no sentir demasiado. ¿Qué le deparaba, de todas formas, darse cuenta de lo que representaba ese Burguer de la esquina, lo que enmascaraba su propia constitución? ¿O aquella bazofia en formato cinematográfico del pensamiento americano? ¿De que le valía darse cuenta de la hipocresía que mantenía la mismísima gente que lo alimentaba, sin ir más lejos, en el jodido albergue? El día a día apestaba, su infesto aire sobrecargado de polución, tensión, ansiedad, formas y maneras, eso estaba claro; y detrás de todo aquello... ¿Qué? Nadie como un mendigo para descubrir si había algo realmente profundo en la vida, si había vida en la vida, tal y como la entendemos todos.
La cadencia de sus pensamientos lo volvía a llevar de nuevo a los recuerdos de una tierra libre e impersonal, a la vez que familiar y personal. Sueños de altas Alamedas y profundos valles configuraban la fértil esencia que añoraba su lado instintivo, deseoso de la fragancia casi etílica del rumor que entreteje el ensueño fabuloso cuando otorga el beneplácito de darse a conocer. Las crines que acariciaban en esos momentos su cuerpo le herían proporcionándole un placer sin límites. La voz, lo que resuena como parte de sí allá fuera, desde el ensordecedor clamor de las entrañas de la tierra, resonando y retumbando de tal manera que al fin excedía lo audible e inteligible que nos es dado por defecto a los que somos humanos, se hacía entonces comprensible a la vista del incongruente armónico que denotaba el cántico que ante sus ojos se desplegaba. Ahora, lo reverente perdía su lado idolátrico para rendirse ante la evidente manifestación de lo anímico en su interior, clamando o restituyendo la manifiesta falta en el exterior de aquello que nos une a la tierra, al fango, a lo profundo, a la mar. No se sabe si solapado a este sentimiento, o bien como manifestación propia e intransferible, el caso es que sentía un regocijo que debía asemejarse sin duda alguna al del pájaro migratorio que contempla por primera vez parajes que nunca había visto conscientemente, pero que sabía de cierto que existían gracias a esa misma mente colectiva labrada delicadamente generación tras generación que obró el milagro de llevarle hasta su contemplación.

El bosque está vivo; pasa otra vez a su lado.
Lo veo de nuevo, dejándome arrastrar por su influjo, poseyéndome tan pacífico frenesí.
Mis pies me deleitan con un sinfín de sensaciones
con un raudal fuerte de melancolía manchada con la fugacidad del momento.
Mis pasos se cuentan por arcanos saberes
que me conducen irremisiblemente ante el altar que se extiende ante mí.
La nieve cae solapando mis sentidos; ahora todo es uno, como en el principio.
Lo que se hallaba disperso ha sido reunificado de nuevo;
son ya las siete cerraduras de una sola puerta, pero... ¡es ahora una llave la que las abre!
Mis gélidos pies se abrasan con el roce del manto que arropa a la tierra con su creciente espesor.
Es ahora cuando me siento mariposa;
es ahora cuando mis pies me describen la tesitura de la nieve, su olor, ¡su sabor!
Nado en las cristalinas aguas de los sentidos
vuelo en este líquido denso donde la superficie indica la barrera de lo insensible
el límite entre la frialdad manifiesta y la calidez sugerida.

Sembrado el campo como lo está de la prometedora mies, roza la muerte fría el retorno de la vida, pensando ya en que la voluptuosidad y el desenfreno de la celebración de la cosecha terminará por derretir tan majestuosa presencia. Mas estos eran tiempos que aun no se mostraban con claridad, aunque sus pies se lo vaticinaran. Arrastrando su melancolía por entre el brumoso escenario, sentía-veía a los Álamos de su visión primigenia recortados por encima de la blanca tesitura cual dedos liberados de la carne, alzándose agonizantes clamando al cielo su celo por guardar los secretos del tiempo en esa carcasa inamovible que permanece impasible ante el devenir de los ciclos.
Un rumor rozaba su esencia; un suave murmullo llegaba a su ser ante la infinidad de recuerdos no vividos que enturbiaban su memoria. Cerca, al lado, aquí, ¡lejos! se extendía ante sí un riachuelo ataviado con los telares de la mortaja, encerrado en su trasparente féretro de cristalina frialdad uniforme. Sus pies la pisaban al tiempo que se entonaba una nueva melodía. La planta de sus pie, al rozar siquiera tan incólume coraza poseedora de las más límpidas imágenes del saber eterno, se extendía ramificándose en mil imágenes refractarias que volvían a ser una sola, como una melodía que se replegara sobre sí misma para evolucionar desde su implosión. Era esto lo que pensaba-degustaba-oía-veía-olía-sentía-¡sabía!, pero su afán persistía en su visión de la alameda, el viejo bosque caducifoleo que encerraba en sí la sabiduría perenne. Al cabo de mil millones de implosiones carentes de tiempo en la medida en la que éste es vivenciado y recordado por nuestra raza, logró aislarse de todo aquello al otro lado, recordando por primera vez como debía haber sido tan singular paraje en su hipotética primavera con claridad; recuerdos y más recuerdos se agolpaban ante su sentido, pero veía claramente que el árbol ahora asemejaba su aspecto al del río: siendo una carcasa pútrida en lo externo, mantenía su primavera en lo interno, de tal manera, que sus alterados sentidos (su único sentido) lo percibía como indiscutiblemente real.
Exacerbado ante la dualidad de los sentimientos todos-en-uno que le provocaba todo esto-eso-aquello, la poca voluntad de sentimiento analítico que se posee en el transcurso de los estados oníricos, se vio superada, fomentada, distribuida, relacionada hasta rozar la simbiosis, desfragmentada e insertada al todo de su presencia en aquel inenarrable lugar, a la par que de sus intuiciones se formaban nuevas realidades de innegable carácter transmutador. Su Yo no era Yo, sino todo de una vez en el tiempo del aquí y ahora. Sus ¿manos? se adentraron en la negra corteza del arcano a la que todos temían por creerla muerta, al ¿tiempo? que una salmodia de ensordecedores lamentos inundaba el altar de su propia inmolación. Aquella, su sombra, a la cual se unía en ese instante de simbiosis total, se lanzaba en picado a la superficie, viendo que a lo que se aferraba con total desesperación era la chaqueta de uno de aquellos grises por los que suplicaba las míseras monedas que nunca podrían reportarle lo que realmente había vivido en ese instante de eternidad.

Correo del autor: <thoth@inicia.es>