Esta ruta, aparte de llevarnos hasta las ruinas del templo, atraviesa paisajes de montaña de gran belleza.

 Comenzamos en la localidad de Jarilla, descendiendo por la carretera por la que hemos llegado. Pasamos junto a una pista polideportiva y un parque de juegos infantiles. Un poco más abajo, cuando ya llevamos recorridos 800 m. desde el centro del pueblo, vemos a nuestra derecha una puerta metálica de color naranja, junto a una gran charca. La abrimos y nos encontramos con un camino descendente que nos conduce hasta el puente que salva el arroyo del Hornillo. Enseguida hallamos una bifurcación. Derecha.

UN SANTUARIO ROMANO

El collado de Piedras Labradas se encuentra a 1.070 metros de altitud; con este nombre se conoce a una meseta que ha sido allanada o ampliada por el ser humano. Más o menos en el centro hallamos los restos del edificio. Los bloques de piedra están tallados con un corte perfecto, de ahí le viene el nombre al lugar.
Sobre su origen se barajan varias hipótesis, ya que en principio no es habitual que los romanos construyesen a tanta altura. Hay quien opina que tuvo que haber en el lugar un asentamiento vettón, o al menos un lugar sagrado sobre el que se edificó el templo. Otras teorías se inclinan por que en la meseta hubiera un puesto de comunicaciones que enviase, mediante fuego por la noche y con destellos por el día, señales a una gran distancia. También es posible que el emplazamiento cumpliese labores de protección y vigilancia sobre una ruta secundaria que uniría la Vía de la Plata con el Valle del Jerte. No hay que olvidar asimismo que muy cerca de aquí había una captación de aguas que abastecía a Cáparra.
Lo primero que sorprende del yacimiento es que, a diferencia de la ciudad romana, aquí apenas ha sido necesario excavar para sacarlo a la luz, posiblemente debido a que en este lugar no se produce acumulación de polvo y tierra arrastrados por la erosión. Lo segundo es el buen estado de conservación de las piedras: parece como si las hubieran tallado ayer. 

A partir de aquí seguiremos siempre el camino más principal y evidente, que serpentea entre encinas y grandes rocas graníticas y comienza a subir. Lentamente nos elevamos sobre la llanura. Hemos caminado aproximadamente una hora cuando llegamos a una cancela metálica. Pasamos al otro lado y continuamos por el camino, que ahora lleva a su izquierda una pared de piedra. Unos 500 m. más allá existe una bifurcación: nosotros vamos hacia la derecha. El camino aparece cubierto de hierba, pero si prestamos atención al desmonte que hace en la ladera no nos extraviaremos. A esta altura las encinas se ven reemplazadas por robles.

 Enseguida llegaremos a una fuente que se halla a pocos metros de una majada de cabras. Un poco más arriba hallamos otra bifurcación, y esta vez nos iremos hacia la izquierda. Estamos ahora en la zona menos marcada del sendero, por lo que deberemos poner toda nuestra atención. Un poco más arriba hay una separación de caminos apenas perceptible, y nosotros nos iremos por la derecha. A partir de aquí el itinerario no tiene pérdida posible, pues faldea la sierra en dirección Sur ganando altura muy lentamente. El bosque se adensa. Aparecen los helechos y los robles se hacen enormes. Hallamos árboles muertos, no sabemos si por incendios o por rayos. En los tramos despejados podemos apreciar la gran altura a que nos encontramos.

El camino ahora empieza contornear el monte bordeando el Collado del Cerezo, y en vez de al Sur va a hacia el Norte, como dice el poema. Desde aquí veremos, unos cien metros más abajo, despeñarse una cascada (iba a escribir espectacular, pero lo borro, no sea que alguien espere encontrarse las de Iguazú) Seguimos ganando altura suavemente. Ahora el camino se acaba, pero seguiremos rectos conservando la dirección que traíamos y, para no perdernos, pegados a un arroyo y a una pared de piedra. Al otro lado de ambos hay un frondosísimo bosque de pinos y castaños, lugar ideal para descansar a la sombra.

Nos hallamos a mil metros de altura. Los árboles desaparecen gradualmente. Para seguir adelante tomamos como referencia un grupo de encinas, las únicas de toda la zona. Luego atravesaremos una agrupación de bolos graníticos, también conocida como berrocal. Seguimos en dirección Norte y subiendo todo el rato.

El Collado de Piedras Labradas es fácilmente reconocible porque es una superficie lisa y plana, sin rocas ni árboles. En el centro están los restos del templo, un recinto de unos veinte metros cuadrados, del que asoma del suelo una hilera de bloques de piedra perfectamente cortados. Repartidas por los bordes de la meseta -al parecer fueron reutilizadas para construir un aprisco- se pueden ver varias hileras más.

Una vez examinado el yacimiento y disfrutadas las vistas, emprenderemos el regreso por el camino que trajimos hasta aquí arriba.


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