Comenzamos nuestro recorrido en la localidad serrana de Cabezabellosa, junto a la parada del autobús, que es una caseta de chapa. Un consejo antes de empezar es que, si hemos venido en automóvil, que aparquemos en esta zona y no nos internemos en el casco antiguo, pues hay pasos tan angostos que con facilidad nos pueden devolver a la época en que nos sacábamos el carnet de conducir. Son calles que bien vale la pena visitar, pero andando.

UN ÁRBOL SINGULAR DE EXTREMADURA

La Junta de Extremadura creó hace varios años esta figura de protección para los árboles más emblemáticos de la región. 
Para que un árbol sea declarado como singular debe ser un ejemplar sobradamente conocido y valorado por la población de la localidad donde se encuentre, de avanzada edad y un tamaño fuera de lo corriente. El Romanejo fue uno de los ocho primeros en obtener dicha declaración. Y es que, como se verá, el roble más grande de Extremadura reúne con holgura todos los requisitos: 

- Su superficie de copa es de más de 800 metros cuadrados
- La altura sobrepasa los 26 metros 
- El tronco tiene un perímetro en la base de casi 10 metros. 
- En cuanto a la edad, se le calculan unos 600 años. 

Y cualquier vecino de Cabezabellosa a quien preguntemos nos hablará con orgullo de su árbol.
La declaración de árbol singular conlleva la conservación de los ejemplares en armonía con los usos, derechos y aprovechamientos tradicionales, así como el desarrollo de actividades educativas, científicas, culturales, sociales y económicas compatibles con su protección.

Estábamos en la parada del autobús. Desde veremos la farmacia. Bajamos por esa calle,  que se llama de la Fuente, y por la que sigue, que es la calle de la Iglesia y que, como su nombre indica, conduce hasta el edificio del mismo nombre. Nos situamos frente al templo y lo rodearemos por su parte izquierda o lo que es lo mismo, continuaremos por la que sigue siendo calle de la Iglesia. Sólo 100 m. después sale una calleja a la derecha, la cual tomamos. A los pocos metros encontramos un lavadero tradicional donde es posible coger agua para beber. Su techo, además, nos puede resguardar tanto de la lluvia como de los rigores del sol. Seguimos camino adelante, que por el momento tiene el piso encementado. 500 m. después del cruce llegamos a un paso canadiense; ahora vamos por un robledal, y nos arropa la sombra de los frondosos árboles. Otros 600 m. y llegamos a un doble cruce: primero, giro a la izquierda y después de nuevo a la izquierda. Comenzamos a ascender y salimos del robledal. Otro cruce más, éste en forma de +, y seguimos recto.

LO MENOS QUE SE DESPACHA EN RUTAS

¿Queremos dar un paseíllo porque no hay tiempo o ganas de más? Pues al lado de Cabezabellosa tenemos la Ermita del Castillo, visible desde el pueblo. Para llegar hasta ella hay que seguir idénticas instrucciones que para la ruta del roble, sólo que al llegar frente a la iglesia en vez de hacia la izquierda iremos hacia la derecha. Pasamos junto al colegio y seguimos bajando. Al llegar junto a la tapia del cementerio seguiremos recto; el camino es tan evidente que no necesita ser marcado. Si al final nos quedamos sin ver el roble Romanejo tenemos aquí, a la derecha y junto a la pared, un hermoso ejemplar de castaño. 
Al llegar a la puerta del recinto que rodea a la ermita es posible que nos la encontremos cerrada. No importa, pues las mejores vistas están arriba: a la derecha de la pared arranca un estrecho sendero que nos lleva más arriba aun, a una pequeña meseta situada entre enormes rocas de granito. Desde allí podremos gozar de una estupenda panorámica de la llanura, de Cabezabellosa y de las montañas.

Distancia total ida y vuelta: 2,5 km.
Tiempo empleado: 35 min.


Ahora vamos por terreno pelado, y podemos divisar Cabezabellosa a nuestra izquierda; mucho más abajo el embalse de Gabriel y Galán y gran parte de los pueblos que componen las Tierras de Granadilla. La subida se empina más aun, hasta que llegamos a una puerta metálica, por la que salimos a la carretera Cabezabellosa-El Torno. Giramos a la derecha.

Esta carretera no es muy transitada, pero aun así no iremos por ella mucho tiempo, al menos si vamos andando o a caballo: la abandonamos a los 400 m, por la segunda portera que veamos a nuestra derecha, mientras que las bicicletas seguirán por la carretera 1,5 km. hasta que vean un paso canadiense a su izquierda. Una vez pasada la puerta, seguimos hacia nuestra izquierda, pegados a la alambrada. 100 m. más adelante ya es visible el antiguo camino que unía Cabezabellosa con  la localidad de El Torno, que conserva incluso parte de su empedrado. Dicho camino va en todo momento paralelo a la carretera y en ocasiones entre paredes de piedra, por lo que no tiene pérdida. El problema es que se halla en muy mal estado: si no lo han cerrado las zarzas es debido al continuo trasiego de ganado, que apenas si deja una estrecha senda. Los senderistas irán provistos de un buen palo por si hay que quitar de en medio alguna zarza que cierre el paso.

A estas alturas nos habremos dado ya cuenta de que hemos traspuesto la sierra y por tanto cambiado de divisoria de aguas. El paisaje que se abre ahora ante nuestros ojos es el archiconocido Valle del Jerte. Y Jerte es el río cuyas aguas se remansan allí abajo, formando el embalse de Plasencia.

600 metros llevamos caminados por el accidentado camino cuando encontraremos una fuente de agua potable (quien esto escribe lo certifica, ya que la probó, sin consecuencias.) Caminamos entre vegetación muy tupida, y algo más de 1 km. después de la fuente ascendemos por una pequeña ladera hasta llegar a una puerta metálica que se abre a la carretera. Pasamos por ella y, justo enfrente, veremos el paso canadiense que señalábamos para la opción ciclista. Lo franqueamos y veremos una pista de tierra que asciende: es la subida al Cerro Pitolero, de 1.352 m, donde existe un punto de despegue de parapentes. Pero nosotros no subiremos tanto: a los 300 m. del paso canadiense, justo donde la pista hace su primera curva, tomamos un desvío hacia la derecha, y seguimos por un camino más llano, de aspecto menos transitado. Nos internamos de nuevo en un robledal, cuyos enormes ejemplares presagian ya el árbol que venimos a ver. Cruzamos un arroyo y, un poco más adelante, bifurcación en Y. Opción de la derecha. Cuando lleguemos a un nuevo arroyo veremos un camino que va hacia la derecha y hacia atrás. Lo seguimos: desciende, describe una amplia curva y allí, en medio de un claro, nos encontramos con el majestuoso roble Romanejo, quizá el mayor que hemos visto nunca. Hay un cartel de la Junta de Extremadura que nos da una serie de indicaciones respecto a árbol: las respetaremos, para que nuestra visita no suponga un perjuicio para tan venerable antepasado.

Tras contemplarlo y descansar, volveremos a Cabezabellosa desandando el camino.


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