Nuestra ruta nace en la localidad de Mohedas, en la carretera que va a La Pesga. Como desde el pueblo hay infinidad de viales que se abren a ésta y nos podemos equivocar, sugiero la solución más simple: ir hasta la rotonda de entrada al pueblo –así de paso admiraremos el molino de aceite que han instalado en el centro- y subir 800 m. por la carretera de La Pesga. A la derecha sale un camino, destacado por una enorme señal amarilla y blanca, que es el inicio de nuestra ruta. Los primeros 600 m. son  cuesta arriba. No es que sea muy fuerte, pero el terreno es algo abrupto para quien vaya sobre dos ruedas. Aquí encontramos el primer cruce, que es a la izquierda. Llegamos a un alto, desde donde se divisa ya el embalse y todas las montañas de la Trasierra. Descendemos 300 m. y estamos ante otra bifurcación. Izquierda. Idéntica operación repetiremos en el km. 1,43 Izquierda. Hay olivos a ambos lados del camino, y también pueden verse viñedos.


VIAJE A NINGUNA PARTE

Hay muchos lugares en el entorno de Gabriel y Galán donde es posible disfrutar del espectáculo de las dehesas rodeando el agua. Pero menos frecuente es ver los encinares convertidos en isla, o casi. Ésa es la propuesta de esta ruta: visitar una península o, mejor dicho, dos; llegaremos prácticamente al centro del embalse por tierra firme y tendremos, además, una insólita visión de Granadilla.

AVISO PARA CICLISTAS

Pese a que el conjunto de la ruta no supera grandes desniveles, advertimos desde ya que ésta no es la ruta ideal para principiantes: el firme es abrupto, los repechos y las bajadas son cortos pero fuertes, hay mucha piedra suelta y a veces el carril ciclable se estrecha tanto que uno va rozando con las jaras y con -ay- plantas espinosas. Y aun con experiencia todavía habrá alguna subida o lugar embarrado en el que tengamos que echar pie a tierra.

Km. 2,34: Entramos en un olivar y el camino parece terminarse. En realidad lo que ha hecho el propietario, como ya nos ocurrió en la ruta 9, es ararlo. Para no perdernos, seguiremos la linde hasta encontrar con un camino a la derecha que baja. Tenemos un fuerte descenso. Han desaparecido los cultivos y ahora vamos rodeados de jaras: evidentemente, por aquí hace mucho que no pasan vehículos, y las plantas crecen incluso en el centro del camino, aunque quedan dos estrechas veredas –a  veces sólo una- para que pasemos. Llegamos hasta un arroyo, normalmente seco o con poco agua, y giramos 90 grados a la izquierda. Viene aquí un tramo inundable en invierno, con hierbas cubriendo todo el camino y con el firme deformado. Como ni siquiera se ve el suelo, los ciclistas habrán de desmontar.

Dos cruces más. A los 4 km. de iniciar la ruta llegamos a una portera. A nuestra derecha se divisa la orilla muy cerca. No vemos el brazo de agua que se aproxima por la izquierda, pero aquí la tierra firme, con el embalse lleno, no tiene de ancho más de 300 metros.

Pasamos la portera. A un lado hay un cartel que dice: Precaución, ganado bravo. En realidad debe de ser antiguo, porque todas y cada una de las vacas que encontré durante el recorrido eran pacíficas, incluidas esas negras de aspecto tan sospechoso. Al pasar nos mirarán con insistencia, pero es mera curiosidad vacuna: luego seguirán pastando tranquilamente.

Nada más cruzar la puerta  aparecen  tres caminos, y nos iremos por el de la izquierda. Ahora nos rodean gran cantidad de encinas. El agua se nos aproxima de nuevo, esta vez por la izquierda.  Rodeamos una especie de pequeño golfo: es el paso a la segunda península, que se hace por una lengua de tierra de no más de cien metros de anchura. En el km. 5 hay un cruce, que es a la izquierda. Ídem 800 m. más adelante izquierda. Viene ahora un tramo realmente malo para las bicicletas. En el km. 6, otro cruce a la izquierda. Pasamos junto a una charca. Un breve ascenso, al término del cual aparecen ante nosotros una casa en ruinas y corrales para el ganado. Camino poco marcado, hasta que 600 m. más adelante recuperamos el principal, izquierda. Pasamos junto a una segunda charca.

Km. 7,5. Tras un suave descenso, llegamos al agua. Aparentemente nuestro recorrido ha terminado, pero la ruta aún nos depara una sorpresa: si vamos por la orilla hacia la izquierda, encontraremos enseguida un camino bastante pedregoso. No es un simple carril, como el que hemos traído hasta ahora, sino que se aprecian desmontes, terraplenes y una plataforma bastante amplia. Estamos ante la carretera que iba desde Mohedas hasta Granadilla, y que fue abruptamente interrumpida por el embalse. La seguimos durante algo más de 1 km. hasta alcanzar el punto donde se sumerge en las aguas.

Granadilla se ve sorprendentemente cercana: apenas mil metros nos separan de sus murallas y de la iglesia, el edificio más visible. Es posible que cuando el nivel del embalse esté muy bajo aparezca un puente regular, ya que el río Alagón, en cuya cuenca se construyó el embalse, debía de ser por aquí bastante caudaloso.

 ¡Extrañas estas carreteras que se sumergen en el agua! Es como si condujeran a lo desconocido, quizá a una ciudad submarina. El silencio y la quietud del lugar son sobrehumanos. No se oye nada, a lo sumo, lejana, la esquila de una vaca.

Granadilla, como todos los pueblos abandonados, desprende un extraño efluvio. Dejemos que la tersa lámina cubra el silencio y los sueños de sus antiguos pobladores, y deshagamos camino despacio, casi de puntillas, hacia los vivos.


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