Comienza nuestro recorrido en la Plaza del Collado, que es donde los senderistas locales se dan cita para sus salidas. Si caminamos por la Avenida de la Constitución, nada más pasar el nº 49 y las rejas del colegio veremos que a la izquierda sube la calle El Guindal. La seguimos. Enseguida llegamos a una bifurcación y elegimos el camino de la izquierda. Pasamos junto al depósito del agua y la depuradora. Aquí se acaba el firme encementado, que reaparecerá intermitentemente a medida que ascendamos. Seguimos adelante por el camino principal, ignorando las muchas entradas que a derecha y a izquierda se adentran entre los olivares.

TEMPORADA ALTA EN DICIEMBRE

De La Pesga podemos decir que es la puerta de Las Hurdes. Encajonada entre el Puerto de Perancho y el río de los Ángeles, cuenta con unos mil doscientos habitantes. Según con qué se la compare, pueden parecer pocos, pero es el cuarto pueblo de la comarca en población -muy por delante de otros que se encuentran en llano, en zonas mejor comunicadas-, tiene en la actualidad la mayor densidad de habitantes por kilómetro cuadrado y sufrió en menor medida la sangría migratoria de los años sesenta. ¿Cuál es su secreto? Un árbol rugoso y de apariencia humilde: el olivo.
Durante muchos meses al año parte de la población se halla fuera, trabajando en la hostelería o en la construcción. En verano, mientras otras localidades del entorno bullen de actividad con el retorno de los emigrantes, La Pesga duerme. Pero llega octubre y comienza la recogida de la aceituna; entonces vuelven los exiliados en Madrid o en Mallorca, y el pueblo se llena.
El casco urbano parece hallarse permanentemente en obras. Y es que muchos de los que trabajan fuera se están haciendo una casa a plazos porque saben que, tarde o temprano, su destino está en La Pesga.

Estos primeros tramos tienen bastante repecho, lo que obligará a algún ciclista a apearse de la máquina, así pillado en frío. Cuando llevamos recorridos unos 2 km, alcanzamos la cuerda de una loma –o lo que es lo mismo, vamos a caballo entre dos vertientes-; vienen 2 km. de plácido llaneo que nos ofrecen, hacia la derecha, una interesante vista del río de los Ángeles, recrecido en este tramo por el embalse.

Toda la cara de la sierra por la que nos movemos está sembrada de olivos. Y en las laderas opuestas es interesante ver cómo contrastan la humanización del terreno, traducida en la geométrica disposición de los olivares, con las manchas verdes, situadas más arriba, de terreno salvaje.

Justo en esta última bifurcación, donde hay pintada una descomunal flecha blanca y el camino hace un giro de 180 grados es donde comienza de nuevo la ascensión.

Poco a poco hemos ganado altura sobre las sierras de enfrente. Nos hallamos a 850 m. de altitud, y detrás de un recodo asoma, sobrecogedor, el Embalse de Gabriel y Galán.

Los últimos metros los forman rampas bastante duras. Sabremos que estamos arriba cuando divisemos el mirador, una especie de terraza de piedra a la que se accede mediante una escalinata y en cuyo centro se halla el vértice geodésico. En el pueblo nos dijeron que es la mejor vista sobre el embalse de toda la comarca, pero hay que verlo para creerlo y admirar de este modo su laberinto de islas, estrechos y penínsulas.

En los alrededores del mirador hay bosquecillos de madroños, que en la actualidad no se hallan lo bastante crecidos como para dar sombra. Tampoco encontraremos aquí agua.

Tras regodearnos y disfrutar con el silencio y las perspectivas, iniciaremos el descenso por una trocha abierta en la vegetación que se encuentra rodeando el mirador, justo en el extremo opuesto de donde están las escaleras.  

AVISO PARA CICLISTAS

Lo mejor que pueden hacer es darse la vuelta y bajar por donde vinieron, ya que a continuación y durante 1 km iremos por la susodicha trocha, que es un trayecto empinadísimo e impracticable para vehículos, tengan las ruedas que tengan. A no ser, claro está, que queramos cargar con la máquina a cuestas.

Iniciamos el descenso rodeados de un espeso madroñal y hay, como digo, tramos muy empinados. Al cabo de un rato veremos a nuestra izquierda una alberca rectangular de cemento, y luego una alambrada. Aquí vuelve a aparecer un camino bastante transitable. Bajamos por él a la derecha. A nuestra izquierda tenemos ahora una plantación de cerezos, y más abajo una casa. Pasada ésta hay un cruce de caminos. Elegimos el ramal de la izquierda, y comenzamos aquí un largo y sinuoso descenso que va zigzagueando entre los cerezos. Siempre que nuestro itinerario se desplaza hacia la izquierda y se dispone a girar 180 grados, sale un camino que se adentra en la plantación, pero nosotros los iremos ignorando uno a uno.

Si hay algo que llama la atención en esta cara de la sierra es la infinita gama de verdes, desde el plomizo de los olivos pasando por el apagado de los alcornoques o el centelleante de madroños y castaños. Toda la ladera es un rico y cromático mosaico.

NUEVO AVISO PARA CICLISTAS

Si algún osado desoyó mis consejos y bajó hasta aquí, que tenga precaución en el tramo que comienza 3 km. después de la cima: el camino se deteriora considerablemente, hay una profunda regatera en el centro y también alguna que cruza la senda de lado a lado.

 

Km. 4,76 desde la cima: más que una bifurcación, encontramos una trifurcación, pues las opciones son tres. Los senderistas escogerán la opción del centro, y las bicicletas y los caballos la de la derecha, que baja hasta la carretera., y luego a la izquierda. Los senderistas, por su parte, se encontrarán 300 m. más abajo con un cobertizo de hormigón construido hace poco. Los cascotes de la explanación obstruyen parcialmente el paso, que baja a la derecha por una estrecha y serpenteante vereda. 200 m. después encontramos una bifurcación, que es también a la derecha. Un poco más allá empiezan las primeras casas de La Pesga. Callejeamos hasta la Plaza del Collado, donde iniciamos la ruta. A un lado, sobre la acera, hay una fuente en la que podemos saciar nuestra sed.

 

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