ENCINAS, LUZ, SENSACIONES

  El arte, la pintura, son mentira. Nadie que contemple un cuadro está viendo lo real, sino un trasunto, la imagen que de ello se hace el artista; por eso se trata de un instrumento mágico, un regalo de los dioses. En esta nuestra época de hiperrealidad y apogeo de lo digital, dicha afirmación se muestra más cierta que nunca.

  La luz siempre fue para mí una atracción poderosa: soñaba luz, la comía, me embriagaba con ella. Luz que en la naturaleza toma forma de una vasija repleta de color y de sensaciones.

  La tierra dispone un prodigioso código que nos habla a todos pero, ay, no todos sabemos escucharla. Si con perseverancia y paciencia descifras su mensaje, ella te da la pauta y entonces lo que tú haces es observar, captar, sentir, idear, registrar una impresión. Tarea ardua y hermosa, para la que cuentas sólo con un instrumento: pigmento y color.

  De la tierra nacen los árboles. Ellos son testigos, espejos multiplicadores del color. Los habitantes del Amazonas tienen en su idioma docenas de palabras para designarlo. Nosotros, nada más que una: el verde.

  Mi pintura trata de paliar esa pobreza de nuestro lenguaje y corresponder a la rica ofrenda que se nos brinda; por eso nunca trato de dibujar los contornos de un lugar; lo  que busco es captar atmósferas y trasmitir sensaciones. Para ello echo mano de la irrealidad y de la mezcla de los colores.

  Quisiera que el acto de contemplar se convirtiera un poco en eso que intenté transmitir con cada pincelada, aunque sepa que a partir de ese momento el cuadro ya no pertenece a quien lo pinta, sino a quien lo mira y lo hace suyo.

Os invito a ello.