Primer paso: la ciudad amurallada

¿Quién no ha oído hablar de Cáceres y su parte antigua? No hace tantos años era la gran desconocida, pues poca gente se aventuraba a llegar hasta este enclave del Remoto Oeste. Pero los tiempos cambiaron, mejoraron las comunicaciones y sobre todo aumentó el deseo de la gente de conocer el patrimonio y los lugares cargados de historia.

Cáceres dispone del Área de Valhondo, que en opinión de algunos se encuentra entre las mejores que existen ahora mismo en España. Sus virtudes: hallarse en un lugar tranquilo, a diez minutos escasos del casco viejo, disponer de todos los servicios (incluida electricidad gratuita) y permanecer cerrada por la noche, tan sólo con acceso peatonal, con lo que nos evitaremos visitas intempestivas de chunderos y demás fauna –automovilística o no- que perturba la noche.

De Cáceres y sus encantos no voy a hablar, ya hay decenas de páginas web y guías en papel que nos ayudarán a conocer sus entresijos. Sí voy a contar, en cambio, la historia del edificio Valhondo, donde se encuentra el área. Al principio no se llamaba así, y se construyó con idea de que fuera un hospital. No se llegó a inaugurar como tal, puesto que en 1973 echó a andar aquí la Facultad de Filosofía y Letras, la primera titulación universitaria, si exceptuamos Magisterio, que hubo en Extremadura. Durante más de veinticinco años se impartieron aquí sus clases, hasta que a finales del siglo XX la facultad se trasladó al Campus nuevo.

Todo esto lo conozco tan bien porque entre esas paredes estudié la carrera, y durante los cinco años que duró ni a mí ni a mis compañeros se nos iba de la cabeza que aquella era una facultad de mentirijillas, y que debajo latía el hospital que nunca llegó a ser: recuerdo que en las aulas, debajo del encerado, estaban los timbres blancos con los que los pacientes llaman a las enfermeras. Me solía fijar en ellos en los momentos más aburridos de las clases; mientras el profesor disertaba sobre Sintaxis o Crítica Literaria, me imaginaba a aquellos enfermos inexistentes, y me parecía que sus fantasmas debían vagar por los largos pasillos al caer la noche. Claro que seguramente los espantamos durante los tres meses que duró la huelga estudiantil de 1987. De ellos, al menos uno mantuvimos el edificio ocupado, pues dormíamos allí y todo.

Cuando la Facultad se marchó, el edificio pasó a ser propiedad del Ayuntamiento, quien a su vez cedió una parte a la fundación Valhondo Calaff –de ahí el nombre- y construyó en la otra el albergue juvenil. Finalmente, en 2005 se habilitó el área para autocaravanas. Cuando visito este lugar se produce en mí una curiosa mezcla de sensaciones: el pasado baila con el presente, y mi juventud y sus vivencias confluyen por un momento irreal con el que soy ahora.

Dejando a un lado las nostalgias personales, una vez aparcados en algún momento tendremos que salir del área. Entonces giraremos a la izquierda cruzando el barrio de San Blas, que antiguamente era un arrabal de Cáceres y ahora se halla más que integrado en la ciudad. A la altura de la calle Trujillo, donde empieza el empedrado, daba también inicio el casco urbano en el siglo XVI. Aquí tenemos dos opciones: si subimos por la derecha (calle Peña) llegaremos a la Plaza Mayor. Si, por el contrario, elegimos la izquierda (calle de Sande), entonces aterrizaremos primero en la plaza de Santiago, con su magnífica iglesia, y más arriba en la de Santa María, corazón de la villa medieval. Vayamos por donde vayamos acabaremos siempre en el recinto intramuros, el cual recomiendo recorrer sin prisa, deleitándonos en este retazo de pasado prendido en la piedra.

Mucho antes de que Cáceres fuera declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, ya era reconocida como tercer conjunto monumental de Europa, sólo por detrás de Brujas y Venecia. Y ello no por tener grandes monumentos ni grandiosas catedrales, sino por la homogeneidad que supo conservar su trazado urbano. Esto se debe no a que los cacereños fueran más conservacionistas que el resto de compatriotas, sino a la decadencia de la ciudad y su nulo crecimiento durante siglos, que entre otras cosas no hizo necesario, por ejemplo, el derribo de las murallas. En el fondo es una historia parecida a la de Trinidad, en Cuba, o Jaisalmer en la India: lugares en los que el tiempo se detuvo y llegaron intactos hasta nosotros.

Sea cual sea el itinerario que escojamos, seguro que nos llevaremos alguno de los secretos de Al-Kazires. El único consejo que doy es que al final, cuando estemos cansados -que no aburridos-, de pasear, vayamos a reponer fuerzas a alguno de los bares de la Plaza Mayor. Sentarse en cualquiera de sus terrazas y contemplar las torres almohades que llevan nueve siglos desafiando el tiempo es algo que para mí no tiene precio.


Segundo paso: el puente romano

Sin duda la parte vieja de Cáceres se merece un par de días, o al menos visitarla a horas distintas: por la mañana tiene una luz, por la tarde otra, y si nuestro paseo es nocturno entonces sí que nos veremos definitivamente inmersos en pliegues abarrotados de tiempo. Cuando hayamos agotado nuestro plazo o nuestra curiosidad, es momento de mirar hacia el Oeste. Así que cruzamos la ciudad en esa dirección y salimos por la N-521 en dirección a Valencia de Alcántara. Nada más atravesar Malpartida de Cáceres nos desviaremos a la derecha por la EX 207 y pasaremos por Arroyo de la Luz, Navas del Madroño y Brozas. Todos estos pueblos tienen atractivo suficiente para detenernos en ellos, pero entonces no llegaríamos jamás a nuestro destino. Al llegar a la localidad de Alcántara seguimos por la carretera sin detenernos: tras una pronunciada bajada estaremos en el puente romano.

Su nombre actual proviene del árabe Kantara-ass-saif , que por lo visto viene a significar El Puente de la Espada. Fue terminado sobre el año 104 de nuestra era. O sea, que acaba de cumplir como quien no quiere la cosa diecinueve siglos. Durante ese tiempo ha sufrido de todo: las enormes crecidas del Tajo, la voladura en dos ocasiones –guerras con Portugal y con Napoleón- del arco central, y por último la construcción de la megapresa José María de Oriol, que se puso en servicio en 1969.

Resulta que los ingenieros andaban buscando el mejor sitio para ubicarla y descubrieron, oh sorpresa, que era justo donde los romanos habían puesto el puente. Se valoró la posibilidad de trasladarlo de sitio, pero en un ataque de cordura lo dejaron donde estaba. Finalmente la presa se levantó 800 metros aguas arriba y fue, hasta la construcción de la de La Serena, la mayor de España y una de las más grandes de Europa, con una capacidad máxima de 3.162 hectómetros cúbicos. Esta fría cifra esconde en realidad que el embalse de Alcántara es capaz de almacenar el 29 % del total de la Cuenca del Tajo, y nada menos que un 6% de todas las reservas de agua del Estado Español. Su longitud es asimismo ciclópea: 91 km. en total, pues la cola llega hasta el Parque de Monfragüe, en el centro de la provincia.

A la entrada del puente existe un aparcamiento perfecto donde es posible la pernocta. Encontramos, además, una fuente con grifo accesible para las autocaravanas. Vamos, el paraíso. Desde aquí, a pie y por la antigua calzada recomiendo ascender al pueblo, donde apreciaremos sus huellas árabes y la impronta que dejó la orden religioso-militar que tomó el nombre de la villa y que fue una de las más poderosas de su época.


Tercer paso: Garrovillas y el embalse

Desandando carretera por donde hemos venido, al cabo de 1,5 km. nos encontraremos a la izquierda un cruce hacia Mata de Alcántara, pequeña y bucólica población de 357 habitantes. Nada más salir del pueblo, en otro cruce nos iremos por la izquierda , y por una carretera sin apenas coches en la que, durante 26 km. disfrutaremos de un idílico paseo entre vacas, encinas y afloramientos graníticos hasta llegar a Garrovillas de Alconétar.

Garrovillas es uno de los pueblos con más sabor de la penillanura cacereña, y también claro ejemplo de lo que le sucedió a esta tierra: en el siglo XVI contaba con 7.000 habitantes –toda una cifra para la época-, mientras que en la actualidad tiene sólo 2.400. Como testigo de ese pasado muestra valiosos monumentos, del que sin duda el más llamativo es su plaza porticada. Iglesias, conventos... Bien merece un paseo por sus calles y la degustación de sus productos típicos.

Cuando salgamos del pueblo lo haremos en dirección a Cáceres y a la N-630, sólo que al llegar a ésta, a 10 km. del pueblo, giraremos a la izquierda .

Hasta la apertura de los tramos correspondientes de la A 66, en julio de 2006, esta carretera era un guirigay de coches, camiones y sobre todo trailers, muchos trailers que hacían la ruta desde Sevilla hasta Asturias y Galicia, tal como en época romana. Sin duda una vía estratégica de primer orden en el pasado y en el presente, pero como no pasa por ni lleva a Madrid, las obras se han dilatado hasta el infinito. Se calcula que el tramo extremeño estará finalizado en 2008. En cuanto al de Castilla y León... ni se sabe. Ahora circula por ella un tráfico residual que proviene de Coria, Moraleja y la Sierra de Gata, y que se reducirá aun más cuando terminen el enlace de esta zona con la autovía, en el Puerto de los Castaños.

Hablar de la N-630 supone hablar de la Vía de la Plata, pues sus trazados se superponen en gran parte. A poco que sigamos adelante y tras cruzar el puente del Almonte nos encontraremos con un gran lago, inaudito en tierras extremeñas: sí, es de nuevo el embalse de Alcántara, que aquí se desparrama en la vega de Alconétar. De esta localidad, actualmente bajo las aguas, sólo es visible una casa en lo alto de la colina y la Torre de Floripes, testigo de lo que fue el castillo de Alconétar, primero árabe y más tarde templario. Aquí los romanos construyeron un puente cuyos restos, antes de la inundación, fueron traslados piedra a piedra y se pueden contemplar unos kilómetros más al Norte, en el cruce de la carretera de Coria. Dicho puente sufrió durante la Edad Media al menos tres destrucciones y, a diferencia del de Alcántara, jamás se reconstruyó. Por eso y durante cerca de quinientos años, hasta principios del siglo XX, el paso del río en este punto se hacía mediante barcas.

El puente romano, el castillo medieval, el macroembalse del siglo XX... Con esta superposición de épocas y civilizaciones y una reflexión sobre la fugacidad del tiempo y la mutabilidad de las cosas, finalizamos nuestra ruta.

Sólo nos queda volver a Cáceres. Mi recomendación es hacerlo por la antigua N-630, cómoda y despejada. Si por algún motivo decidimos seguir las indicaciones que hacia la izquierda e Hinojal nos llevan a la A-66, debemos antes saber que se trata de una carretera de 5 km. sumamente estrecha y sinuosa para una autocaravana. De modo que... nosotros mismos.


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DATOS ÚTILES
               
 

Rutómetro

Cáceres
0
Puente de Alcántara
67
Garrovillas 100
Cruce carretera de Coria 123
Cáceres 163

 

               
PERNOCTA

 

Cáceres. Área de Valhondo. N 39º 28' 49'', W 6º 21' 59”

Alcántara. Puente romano. N 39º 43' 17'', W 6º 53' 30”

Estación de Renfe en el río Tajo. N 39º 42' 17'', W 6º 27' 27”

Se accede desde la N-630. Es un sitio tranquilo (sólo pasa un tren por la noche), aunque desde aquí no es posible acceder a la orilla del embalse; si es eso lo que queremos hay mejores lugares, sobre todo en las inmediaciones del puente de Alconétar (cruce de la carretera de Coria)